De juegos y otras meadas.

Escribe Gustavo Gonzàlez Maffiodo

Antaño, cuando el FTC eran tus padres que se aliaban contigo para hacer la tarea escolar, la vida transcurría en blanco y negro. Todo era más pausado, más lento y las diversiones eran manuales (nunca mejor dicho), ya que lo electrónico ni figuraba en los proyectos futuros.

Haber sido joven en los  70 implicaba que las diversiones eran los deportes, donde la destreza física y el cansancio posterior servían de protección para esas otras diversiones más caras y que dejaban secuelas.

Época en que los mingitorios empotrados en la pared contenían bolitas de naftalina que servían para repeler el olor típico de esos antros donde se evacua el exceso de líquido y otros solutos. Instalarse enfrente era como ubicarse frente a esos grandes aparatos de juegos tipo tragamonedas, con la diferencia que siempre había un ganador.

Había que tener habilidad y fuerza para dirigir el chorro miccional hacia esas bolitas y hacerlas rebotar por el borde hasta caer nuevamente en su posición habitual. Chorros de costado, de frente, de rebote, por hongo, etc eran las habilidades de los muchachos. Cual pin ball, las bolitas salían disparadas recorriendo toda la superficie del mingitorio. Por arte de las elevaciones hormonales, el chorro casi siempre salía disparado hacia arriba, por lo que con un movimiento de cuerpo el sujeto debía compensar esa dirección arqueándose hacia adelante, de lo contrario mojaba el techo.

El chorro sin detenerse salía en forma continua, pudiendo escribir el nombre de la novia en la arena; es más, hasta una esquela podía escribir y sin un solo punto seguido. Hoy en vista de las leyes que prohíben desaguar la vejiga en lugares abiertos este deporte es poco conocido.

Pero la juventud pasa y los achaques propios de la edad aparecen sin decir agua va.

Por encima de los 50 el que quiera jugar con el chorro de la orina y las bolitas de naftalina puede sufrir una decepción. Las bolitas, las de naftalina digo, ya no se mueven como antes (las otras tampoco). Permanecen quietas ante la presión urinaria y si nos esforzamos comprimiendo la prensa abdominal, es posible que un flato se escurra sin previo aviso, permaneciendo incólume esas malditas bolitas.

Ni pensar en escribir en la arena alguna esquela con la tinta urinaria. Por si acaso algún nombre, pero luego punto y aparte, por las interrupciones, una verdadera hesitación, cuando antes era excitación.

Si el peligro era mojar el techo en la juventud, ahora en la vejez el riesgo es mojar la punta de los zapatos o el talón, para lo cual debe acomodar el cuerpo en posición de vómito y lograr esquivar el zapato.

Pero siempre gana el cuerpo. Cuando ya pensamos que toda la vejiga ha sido vaciada y se guarda lo que queda de la manguera, escapa un chorrito alegre dentro de la ropa interior. Lo suficiente para que los demás noten el olor característico de las personas de edad.

Pero no solo los varones padecemos estas incomodidades. Muchas mujeres en la edad adulta padecen de una vejiga risueña, pues al sentir una presión superior, ellas también demuestran su alegría dejando escapar su humor…..acuoso.

Como ven, existen muchas maneras en que el cuerpo se venga del maltrato que le hemos dado en su momento.

Es cuestión de sentarse y esperar, antes de que tenga de nuevo ganas de mear.

Hasta en verso salió.

Bolitas poemas

Flato

mojado

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