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Robin Wood QEPD

Se fue Robin Wood ( 1944-2021) , el mago, hacedor de sueños, artesano de fantasías, descubridor de mundos, viajero incansable, narrador, creativo, maestro inigualable. No hay palabras para cubrir tanta tisteza. Dejó el mundo de los vivos, dejó un legado inmenso en obras, en lectores, en seguidores. Le espera el horizonte eterno en donde van las personas que nos enseñaron a soñar. Mi querida Graciela Stenico, gracias por cuidarlo con tanto afecto.

Pegasus

Dibujo con lápiz pastel sobre papel kraft

Precio de la carne

Ña Ma ërä, Delmer y Jagua Piru

Día de la raza

Hoy se “festeja” el Día de la Raza. (Oleo sobre lienzo 1m x 70 cm)

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Venta de cédula

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Nuevo horario

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Flechazos

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Carne carísima

La casa del Poder

(Pirograbado sobre madera con breves aplicaciones de pintura acrílica).

En mis tiempos  de escolar, las vacaciones de verano e invierno, pasaba en la casa de mis abuelos maternos, en Yaguarón. Las  de invierno, en el mes de  Julio, tenían un sabor especial, coincidía con las fiestas patronales del lugar.  Calesita, torín, la chica y la grande, más calesita, alguno que otro espectáculo de magia y competencia de “sortijas” y carreras cortas a caballo en donde los premios, generalmente eran pañuelos. Los niños de entonces, disfrutábamos con aquello.

Para ser exactos, el 14 de Julio, había que ir a la misa en ese inmenso templo. Luego la procesión alrededor de la iglesia y al culminar esa lenta caminata para suplicio de los que llevaban al santo patrono en andas, al final de todo el rito religioso… ¡todos los mita´i al mercado!

Puntualmente después de aquello empezaba a girar la calesita. Y siempre había algún generoso promesero que pagaba los favores de San Buenaventura, invitado a todos los chicos a dar una, dos y hasta tres vueltas gratis en la calesita.  Eso era hasta el mediodía.  Luego regresábamos  a nuestras casas para el almuerzo de rigor y a prepararnos para la jornada de la tarde. La casa de mis abuelos quedaba como a dos kilómetros del pueblo y el trayecto lo hacíamos a pie.

Como a las catorce horas se iniciaba el espectáculo vespertino, el torín. El corral estaba en la parte trasera del mercado, hacia la cancha del Club Independencia.  Para verlo, había dos categorías, palco y bajo el palco, para acceder a la parte alta había que abonar una módica suma, pero claro ,mejor era estar arriba desde donde se observaba todo los detalles y no se te caía encima arena de los zapatos de los de arriba ni escupitajos irresponsables.

Para la jornada de la tarde, los más chicos de mi barrio, nos acompañaba un muchacho mayor que nosotros, porque aquello ya terminaba a l oscurecer  y durante la caminata de vuelta, nos  alcanzaba la noche.

Rogelio se llamaba el amigo mayor, vecino de nuestro barrio. Éramos dos o tres chicos, a veces  cuatro.  Y eso se hizo costumbre.

Caminábamos por la ruta hasta la esquina de la iglesia en donde girábamos a la derecha rumbo al mercado, con pasos apurados para llegar justo al inicio del torín. Al hacer ese giro, estaba una casa de arquitectura singular, de una caída, seis columnas, elevada  como siete escalones sobre el nivel de la calle que nos llevaba directamente hasta el espectáculo al cual nos dirigíamos.  En el frente lucía un escudo adornado por caracteres ornamentales y como en un pergamino estaba escrito, Casa Parroquial.

Ese lugar siempre me pareció oscuro, frío, sombrío, misterioso, sin vida. Nunca lo vi con las ventanas abiertas  hasta una tarde en que regresábamos de vuelta por el mismo recorrido. La noche estaba besando nuestra caminata y para apurar mis pasos subí las gradas para pasar más cerca de ése lugar.  El asombro me invadió, vi una de las ventanas abiertas, allí tres hombres mayores sentados alrededor de una mesa. Me pareció que estaban jugando cartas o algo así…y tenían unos pequeños vasos con un líquido color ámbar. A uno de ellos lo reconocí inmediatamente. Lo había visto varias veces celebrando la santa misa, era el Pa´i. A los otros no los identifiqué.

A pasos apurados regresábamos comentando los pormenores del torín, los toros, los cambá, los toreros vestidos de rojo y que calzaban botines de fútbol.  En una de esas le pregunté a Rogelio, ¿Quiénes eran los que estaban con el pa´í?  Uno era el comisario, el otro el juez, me respondió mi amigo mayor.

Esa noche antes de dormir  no pude evitar aquella visión. El pa´i, el comisario y el juez, juntos en la casa parroquial. Pasó el tiempo, crecí, vinieron otras lecturas de lo observado, de lo vivido. Cierta vez, volviendo a pensar en aquello concluí, esa…era LA CASA DEL PODER.

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Frontera